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Mañana, 2 de abril, se cumplirán 211 años de nacimiento del escritor danés Hans Christian Andersen (1805-1875), el primer gran escritor de literatura para niños. Aunque escribió teatro, poesía, relatos de viajes y libros autobiográficos (recordemos, como ejemplo, su espléndidoEl cuento de mi vida), el valor literario de Andersen es el de sus magníficos cuentos, muchos de ellos considerados ya clásicos de la Literatura Infantil: El soldadito de plomo, La Sirenita, El rey desnudo, La princesa y el guisante, El traje nuevo del emperador, El porquero, El ruiseñor o El patito feo, entre otros.

De todos los cuentos de Andersen, los que han pervivido con mayor fuerza, como algunos de los mencionados antes, son los que tienen sus raíces en las experiencias que él mismo vivió y los que construyó a partir de relatos de la tradición popular (cuentos folclóricos de amplia difusión europea, como El traje nuevo del emperador, posiblemente inspirado en el apólogo El paño maravilloso, que Don Juan Manuel incluyó en su Conde Lucanor en el siglo XIV). Andersen tuvo la posibilidad de vivir de niño, muy intensamente, la experiencia de ser partícipe directo en la cadena de transmisión de esos cuentos tradicionales: tanto su padre, de profesión zapatero, como su madre y otros familiares, hicieron llegar hasta el joven Hans Christian muchos cuentos e historias que estaban vivos en la oralidad del pueblo y que él guardó celosamente en su pensamiento para incorporarlos, años después, a sus propios escritos, aunque –como él afirmó– lo hizo “a su manera”.

Perrault en Francia y los hermanos Grimm en Alemania habían escrito cuentos “folclóricos” antes que él, pero a diferencia de ellos, Andersen se limitó a coger ideas contenidas en algunos de esos cuentos, con el fin de que le sirvieran de punto de partida para sus propias historias, en las que lo fundamental es lo que su imaginación es capaz de crear en cada ocasión. A diferencia de ellos, también, Andersen no intentó moralizar; si sus cuentos son portadores de determinados mensajes, estos nunca son ni doctrinales ni explícitos; pero sí es cierto que, tras las anécdotas de sus relatos, se esconde un cierto sentido moral y humano. Andersen cuenta sus historias provocando sonrisas, apelando a los sentimientos o despertando las emociones, pero sin engañar a nadie, y menos aún a los niños: en sus cuentos hay deleite, pero también dolor, porque es una expresión más de la vida misma. Con esos cuentos logró el éxito y el reconocimiento que llevaba buscando muchos años.

“Para que el lector pudiera entender por qué contaba los cuentos en la forma en que lo hacía, había titulado los primeros volúmenes Cuentos, contados para niños. Había puesto mis narraciones sobre el papel en la misma lengua y con las mismas expresiones con que yo mismo se los narraba en voz alta a los pequeños, y había llegado a la conclusión de que interesaban a todas las edades”, dijo en cierta ocasión. Cada año, recordando la fecha de su nacimiento, intentamos que todos el mundo recuerde la importancia que tiene la literatura infantil en la formación del lector.

Catedrático de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Castilla-La Mancha. Facultad de CC.EE. y Humanidades de Cuenca. Departamento de Filología Hispánica. Director del CEPLI.

http://blog.uclm.es/pedrocesarcerrillo/2016/04/01/andersen/

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