La narradora castellonense inauguraba el 25 aniversario de la programación de primavera de la Asociación Amigos del Teatro en el Auditorio

Lo que ven las calles lo saben ellas y nadie más. Las calles oyen, miran, esperan… E inspiran. Las buenas historias no necesitan pensarse ni escribirse deliberadamente, sino que se cuentan solas. Vienen dadas por el devenir de la vida, solo necesitan una voz que las cuente. Muchas de ellas, las que se quieren contar y las que no, surgen en las calles, entre pisos y farolas, en bancos y balcones, y casi siempre suelen ser contadas por gente muy cotilla o muy curiosa, o muy locuaz o muy observadora, o todo a la vez. Y es precisamente la calle de Tania Muñoz la que la inspiró a crear y fantasear, fue su mina de oro traducido en historias que no son ni verdad ni mentira, sino todo a la vez y nada de eso.

De Castellón de la Plana, entre el mar y la montaña, cuenta vivencias y fantasías que tienen como punto neurálgico la calle que la vio crecer, esa calle suya que deriva a sus aventuras con el médico; las vivencias en su vecindario, donde empezó a desencadenar su alergia al silencio, como la que sufría don Armando, que tanto bien hace, o su ilusión de pensar que existía una mujer pez que se colaba por el subsuelo de la ciudad hasta desembocar todas las noches en su hábitat marítimo y que vendía a sus hermanos pececillos en la pescadería.

Quizá no fue solo su calle, sino también su habilidad con la palabra lo que hizo que Tania pudiera dedicarse a esto, su «incontinencia verbal» no es otra cosa que una virtud, su desparpajo y dulzura al contar hace que todo, por pequeño que sea, llame la atención del público. Tiene este don que pocos tienen de incitar al otro a querer escucharla más y más, aunque sea la hora de cenar y quieras llegar a casa. Tiene esa luz en la cara y en la voz de una niña pizpireta que habla sin pretender nada más que contar lo que quiere contar, porque tiene la necesidad de hacerse palabra.

Lo que hace especial y bueno a un narrador es su interacción con el público, hacer partícipe al espectador, sin miedo de dejar a un lado el curso primario de la historia, dejando que esta se nutra de lo que está pasando alrededor. Interrumpir la actuación para dar voz al que ha pagado por escuchar es de todo menos interrupción.

Tania Muñoz es precisamente lo que podría llamarse una buena narradora, porque aparte de contar y hablar mucho, escucha y se deja escuchar. Ella se curó con historias, las mismas que hicieron que Cuenca se curara la noche del pasado jueves, esas que imaginaba en su calle, las que vivía y las que soñaba, las que tomaba prestadas de las escaleras de su vecindario y las que la vida le ha ido dejando; y con sus historias, que pueden ser verdad o mentira, puede decir que vive del cuento.

CuencaOn
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