Mientras caía el sol

1DSC_0036

Hace tiempo un brillante fotógrafo y maestro de mi trayecto, me hizo un regalo, una palabra que cambiaría mi vida: «Andariego». Es difícil designar qué quiere decir, no  existen  parámetros para describir esta clase de seres, lo cierto es que tan solo se necesitan patas largas, ojos de sapo y claro, nunca viene mal, una panza expandible porque la bondad culinaria de las amistades construidas en el camino será abundante. Es un oficio apasionante, lleno de historias que traspasan la razón de esos enormes ojos para depositarse entre ceja, oreja y cien.

La realidad es que la caducidad y fugacidad del tiempo afecta, por más patas largas octubre ya se fue y llego febrero del 2014 (sí no se acabo el mundo en el 2012), esta andanza en particular ocurrió hace 5 meses; era un hermoso fin de semana, el invierno venía tardío y estaba templado; con mis largas patas me las ingenié para volar, andar y rodar por un paisaje distinto cada jueves pero ese fin de semana sería distinto: tenía visitas, el azar nos había juntado en España, como hace ya varios años nos junto en México. Habíamos construido una amistad que aun contempla diablos y ángeles: pero es profunda y sincera.  

 Mientras vivía ese placer de tener a alguien querido en Cuenca, me dispuse a indicarle el Casco Antiguo: sube, sube, sube, sube y cuando crees que llegaste sigue subiendo!. Traíamos una de nuestras travesuras entre manos, pero también queríamos ver.  Gracias a los botellones de Zurra de San Mateo conocía bien la  zona antigua, en aquella multitudinaria fiesta del «santo» san Mateo había llegado a esa pequeña plaza, aunque en esos tiempos lo que contemplaba no era exactamente el panorama; sabía que desde ahí se  tenía una gran vista; ya para estos momentos  no estaría llena de botellas vacías y patas jóvenes en pleno coqueteo mientras la zurra los tenía tambaleándose y les calentaba los calzones.

Pasamos junto a algo, esos «algos» que te jalan; era  como una sopa, espesa, café, en ella flotaban varios tipos de hongos, papas y carnes; era una gran paila; era un banquete era grande que no ocurría solo en esa enorme olorosa paila,  justo debajo había un grandioso grupo de músicos (No! no se asuste en la plaza de abajo no bajo la paila ). Ay aquellos,  gozaban de ese placer que yo llamo -estar juntos- bailaban, tocaban, cantaban, brindaban y reían. ¡Qué placer!.  Pasamos junto a ellos, pero como si una liga nos hubiera atado la nariz, como imanes regresamos husmeándolo todo.  

Qué era ese delicioso olor a banquete, la paila nos guiñaba el ojo, nuestra boca estaba llena de saliva.  La curiosidad mato al gato me dice mi madre y siempre le respondo «pero el gato murió sabiendo»; patas nos faltaron para regresar  con cara de inocentes y preguntar qué era aquel oloroso caldo café y cuánto costaba. Aquella receta definitivamente era más efectiva que cualquier endorfina, nuestro plan maestro de travesura quedó en el olvido al primer olor.

La respuesta a nuestra interrogante fue un regalo del cielo; una sonrisa y brazos abiertos; notaron que nuestros ojos de sapo definitivamente no eran españoles y sin dudarlo nos invitaron a quedarnos, respondimos con la boca un pretencioso – no-  queriendo mantener esa educación recomendada por nuestras abuelas, ¡ay qué fuerza! nuestras panzas nos empujaban al sí. No nos hicimos rogar y pronto bajamos junto a los músicos y bellas señoras que danzaban. Nos acogieron cual familia, no demoraron en brindarnos vino, aceitunas y galletas. El sol caía en aquella ciudad  que se contemplaba en el fondo, ciudad que los tiempos habían manejado con azares, la vieja Cuenca, un sol dorado y un cielo violeta; onírico.

Aun no logró reponerme de la impresión de oír a aquel maestro de castañuelas chocarlas con tal destreza; homenajearon a México con una canción y el corazón de mi amiga se alegró, tocaron pasodobles de mi infancia y aquellas tardes de feria en Quito; bailaron jotas,  hermosa música parecida a lo que conocía pero tan particular, la magia conquistaba el aire, era imposible no compartir la alegría; nos unimos al baile y al goce, nosotros también disfrutábamos el estar juntos.

El caldo estaba listo y esa enorme paila fue transportada al centro de la plaza, por aquel gran señor que nos invitó a quedarnos, ahora al recordarlo parece aquel santo mentor  tan necesario para que ocurra aquella historia del viaje del héroe. Estaba muy caliente, debíamos todos tener doble plato para no quemarnos, se servía con cuidado y se dejaba enfriar para evitar sustos; pan fresco un sabor inigualable y mucho amor.

Han pasado tantos meses ya  y mi andanza no acaba, volví a mi sur brevemente y ahora estoy de nuevo en otra tierra. Al escribir esta memoria mi corazón aun siente el pleno gozo de aquel día, el olor vuelve a mi nariz, mi panza tiene hambre; mi corazón continúa agradeciendo la bondad de este encuentro. Siempre esperaré que el camino me lleve de regreso a esa plaza y ojala aun pueda encontrar a estas increíbles personas y su sonrisa; el mundo al final no es tan grande y se que la vida me permitirá devolver esa felicidad pero ahora a mi manera, cantando mi música y bailando con ellos nuevamente.  

Es enorme  el cariño que nos regalaron, nuestro anfitrión hace honor a su nombre,  Don  Ángel,  su grupo de amigos y aquella ciudad; ya llegó abril y estoy por fin acabando esta historia, demoré pensando que el punto final la volvería recuerdo, pero mis ojos de sapo aun se expanden y mis tripas crujen de hambre y tan solo con la idea.   Andar es estar vivo; buen provecho ojala nos contemplara aun el sol poniente de Cuenca .

Para Verónica Escudero por tantas aventuras juntas. 

Texto y fotografías: Belén Estrella       

  (Becaria Internacional de Ecuador en la Facultad de Periodismo de Cuenca)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *