Otoño en el Campus de Cuenca

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«Al Otoño» (Traducido de «To Autumn») es un poema escrito por el poeta romántico inglés John Keats (31 de octubre de 1795 – 23 de febrero de 1821). El trabajo fue compuesto el 19 de septiembre de 1819 y publicado en un volumen del poemario de Keats que incluía «Lamia» y «The Eve of Saint Agnes» en 1820. «Al Otoño» es el trabajo final de un grupo de poemas conocidos como «Odas de Keats de 1819». Aunque tenía poco tiempo en 1819 para dedicarse a la poesía debido a problemas personales, para componer «Al Otoño», se inspiró en una caminata que realizó en una tarde otoñal cerca de Winchester. El trabajo marca el final de su carrera poética, que necesitaba para ganar dinero y, debido también, a que ya no podía dedicarse a la forma de vida de un poeta. Un poco más de un año tras la publicación de «Al Otoño», Keats murió en Roma, Italia, el 23 de febrero de 1821, debido a una tuberculosis que contrajo años antes.

El poema está formado por tres estrofas, cada una de las once líneas, que describen los gustos, lugares de intereses y los sonidos del otoño. Gran parte de la tercera estrofa, sin embargo, habla sobre la dicción, el simbolismo y los recursos literarios con connotaciones negativas, ya que describe tanto el final del día como el del otoño. «Al Otoño» incluye un énfasis en las imágenes del movimiento, el crecimiento y la maduración (carácter mimético). El trabajo es muy a menudo interpretado como una discusión de la muerte, una expresión de sentimiento colonialista, o como una respuesta política a la Masacre de Peterloo. De igual forma, su obra posee una faceta locus amenus debido a que abundan las sinestesias y la actividad humana y animal, la contemplación y el ritmo musical en que es evocada esta estación refuerza la correspondencia con el lugar ideal del arte, aumentando ésta. «Al Otoño» ha sido considerado por la crítica como uno de los poemas más perfectos en la literatura inglesa, y es una de las letras poemáticas inglesas más recompiladas.

Poema

Estación de la bruma y la dulce abundancia,

gran amiga del sol que todo lo madura,
tú que con él planeas cómo dar carga y gozo
de frutos a la vid, bajo el pajizo alero;
cómo doblar los árboles musgosos de las chozas,
con peso de manzanas, y sazonar los frutos.
y henchir la calabaza y rellenar de un dulce
grano las avellanas: cómo abrir más y más
flores tardías para las abejas, y en tanto
crean ya que los cálidos días no acaban nunca,
pues les colmó el estío sus pegajosas celdas.

¿Quién, entre tu abundancia, no te ha visto a menudo?

A veces, el que busque fuera, podrá encontrarte
sentado en un granero, en el suelo, al descuido,
el pelo suavemente alzado por la brisa
algo viva; o dormido, en un surco que a medias
segaron, al aliento de las adormideras,
mientras tu hoz respeta trigo próximo y flores
enlazadas. Y a veces, como una espigadora,
enhiesta la cargada cabeza, un riachuelo
cruzas; o junto a alguna prensa de cidras, velas
pacientemente el último fluir, horas y horas

¿Dónde están las canciones de primavera? ¡Ah! ¿Dónde?

Ni pienses más en ellas, pues ya tienes tu música,
cuando estriadas nubes florecen el suave
morir del día y tiñen de rosa los rastrojos;
entonces el doliente coro de los mosquitos
entre sauces del río se lamenta, elevándose
o bajando, según el soplar de la brisa;
y balan los crecidos corderos en los montes;
canta el grillo en el seto; y ya, con trino blando,
en el jardín cercado, el petirrojo silba
y únense golondrinas, gorjeando, en el cielo.

 

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