Tertulias

Hace unos años se pusieron de moda en la radio las tertulias. En ellas, profesores de diversas materias, políticos más o menos retirados, artistas venidos a menos, sociólogos, periodistas y, sobre todo, «tertulianos» de dedicación exclusiva, se sientan con un cafetito y un vaso de agua, cada uno con su micrófono (de modo que puedan intervenir en cualquier momento), para hablar de cualquier cosa. No hace tantos años las televisiones han tomado el modelo, con tanto éxito, que, casi a cualquier hora en la cadena que sea, nos encontramos con una tertulia, de la mano de presentadores que, más que por las ideas, se interesan por las polémicas que puedan generar las intervenciones de los contertulios. Incluso el modelo ha creado escuela en programas «estrella» en los que los tertulianos son también los protagonistas; pero ¿de qué? De sus propias miserias, reales o inventadas, que da lo mismo, pues son seguidos por miles de personas que esperan nueva carnaza.
Algunos aspectos de las tertulias me provocan un molesto desconcierto. Confieso, primeramente, que ni las televisivas ni las radiofónicas tienen en mí a un seguidor, pero sí es cierto que, en alguna ocasión, las he visto (aunque, pasado un tiempo de su inicio, he tendido a dejar de escuchar). Pese a este escaso bagaje tertuliano, siento la necesidad de dar mi opinión sobre unos espacios en los que, permanentemente, se opina de todo y de todos; yo también quiero hacerlo, aunque desde esta tribuna de indudable menor eco.
Espoleados por el director del programa (ahora se tiende a decir «conductor»), quien, unas veces actúa de moderador y otras de provocador, los tertulianos hablan y hablan de la actualidad política, de los últimos escándalos económicos, del Tour de Francia, de los partidos emergentes, de la teología de la liberación, de los últimos avances de la neurocirugía o de la boda del año. Les da lo mismo. Además de ser partidistas, parece que tuvieran unos amplísimos conocimientos, lo que –si fuera cierto– refrendaría el hecho incontestable que supone opinar, discutir y pontificar de todo.
Lo que sucede es que casi nunca eso es así. Más bien, al contrario: muchos de esos tertulianos que van, con la palabra cayéndoseles de la boca, de emisora a emisora, han hecho profesión de la opinión apresurada, desmedida y, a veces, engañadora e indocumentada. Y esto es lo más grave y preocupante, porque van creando un estado de opinión social, que no se corresponde –a menudo– con la realidad, entre ingenuos y desinformados oyentes que se creen completamente lo que, día a día y programa a programa, les dicen en las tertulias. O, al menos, lo que dicen los tertulianos que toman partido, indiscutible, por lo mismo que ellos piensan. Es decir, que cada uno puede saber de antemano lo que va a escuchar.
Así, la actualidad llega a los ciudadanos no a través del relato objetivo de las noticias, sino por medio de la interpretación partidista y del juicio apasionado –casi siempre superficial– de algunos «conductores» y tertulianos que, además, en pleno y creciente proceso visionario, creen que están en posesión de la verdad. Yo creía que, como casi todo en la vida es cíclico, pronto pasaría esta moda, pero me temo que aún le falta camino…

Pedro César Cerrillo Torremocha

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