Veinte, veinte; un cambio de ciclo, el abismo ya cruzado

Nueve trabajos se exponen en la Facultad de BBAA de Cuenca mostrando los nuevos caminos del arte contemporáneo

Fotografía: Marta Feiner («Humano nº 22» de Alex Eiffel)

Cruzando el difuso abismo que se divisaba en el horizonte de una nueva década, el arte ha tenido en 2020 su momento de reflexión desde la raíz, en un momento en el que se producían y se pensaban ideas de forma efervescente. En unas circunstancias de calma y momentos de reflexión pausada, esta exposición inaugurada el 5 de noviembre de 2020 en la Facultad de Bellas Artes del Campus de Cuenca, “Veinte veinte” reúne obras de nueve artistas cuyas obras y estudios en Bellas Artes se quedaron encajonados en los meses de confinamiento.

Dado que no pudieron ver sus trabajos de fin de grado expuestos físicamente en las salas de la facultad, esta exposición pretende recuperar las propuestas realizadas a lo largo del curso 2020 y dotarlas de un espacio físico a la vez que de un espacio de reunión para poner en común estos cambios y reflexiones radicales sobre el arte. Cuenta con las obras de Ana Yedros/ Lucía LS Serraller/ Judit Piñango/ Antonino Rivas Cuesta/ Alex Eiffel/ Lill Maria Hansen/ Pedro Zamora/ María Pía Troglio y Javier Montero.

El parón producido por el confinamiento a mitad de año se transcribió en la imposibilidad de comisariar las obras de esta exposición, aunque como comentan “intuíamos que una vez que se activaran y situaran en sala seguro que saldrían algunas vinculaciones porque hemos atravesado juntas un espacio que es la facultad y un tiempo.” Los temas, tratados de manera multidisciplinar han abarcado soportes como la instalación, la performance, el vídeo y el propio objeto museístico hasta el plano más teórico y de retrospectiva aplicado a lo largo de las salas y los diversos espacios de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca. Los asuntos que se tratan, a priori de forma muy diversa, hablan muy bien de diferentes percepciones de temas transversales durante la última generación de artistas procedentes de esta facultad, como la corporalidad y sus diversas formas de representación.

Sin embargo, “el representar un cuerpo no como una cosa física sino como la corporalidad, como desde el punto de vista arqueológico”. Una corporalidad que trasciende de lo puramente artístico en una reflexión ontológica abarcada desde la seducción, desde la memoria, desde la composición de recuerdo, desde lo tecnológico y futurista, desde la vida y la muerte, desde el propio sentimiento de habitar un espacio, el “cómo entramos a un espacio, como entramos a un museo, a una casa, como nos movemos en la calle, dónde se diluyen esas ideas de público, privado”, pero también desde la disidencia y las identidades que caminan en los bordes de representación social,“los cuerpos que encima se mueven a través de las relaciones de cuidado, de las tareas del hogar, son cuerpos generalmente feminizados, pero también son cuerpos inmigrantes, cuerpos que se encargan de todos los trabajos invisibilizados”.

La pandemia ha barrido las posibilidades de habitar el espacio, que en el arte y en una facultad como la de Bellas Artes ha hecho todavía más estragos, “el habitar propio como ese lugar universitario de ajetreo, de compartir y de contacto. Esa efervescencia, se ha minimizado”. Esta ausencia ha obligado a repensar también los modelos o costumbres como espectador, de cómo interactuar con los nuevos espacios disponibles, pese a que como comentan “desde hace mucho tiempo están desapareciendo los lugares públicos de compartir: los parques, las plazas, los mercados. De hecho, lleva ya ensayándose la política de arquitectura y de habitar el mundo”. 

Fotografía: Marta Feiner («No aliento, solo cuerpo» de Ana Yedros)

La política se hace ahora, desde el arte, de una manera no solo más personalizada, sino desde un entorno vinculado al cuerpo y al espacio que ese cuerpo y esa identidad ocupan en lugares públicos:“toda esa política atraviesa un cuerpo atraviesa una identidad, y desde ese cruce es de donde brota de nuevo ese relato, que al final también habla de un relato de todas y sí, lo íntimo llega a ser muy colectivo”.

Una de las problemáticas más grandes a las que se enfrenta el nuevo arte es la precariedad, un concepto que ha atravesado los discursos y las obras artísticas de estos últimos años, pero que debe ser repensada “porque realmente la forma de vivir de la trabajadora artista es una forma de vivir precaria”. Esa precariedad que nace de la democratización de la creatividad, necesaria en todo tipo de trabajos productivos, más allá del arte. Tal como comentan “no es exclusiva del mundo artístico (…) está en cualquier tipo de trabajo. Atraviesa nuestros cuerpos humanos en creatividad, en cuanto a solucionar problemas en una oficina. Hay un montón de cosas de la creatividad que ayudan y que a la vez también no ayudan a los artistas”.

La exposición colectiva “Veinte veinte” podrá disfrutarse hasta el 2o de noviembre, una exposición que ocupa y se encuentra en todas las salas disponibles de la Facultad de Bellas Artes del Campus de Cuenca, como en un ciclo sin fin que recuerda también el propio sentido del cambio de década y lo que significa cruzar ese umbral de nuevos conceptos y significados del arte contemporáneo.

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